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El hombre del libro

9 Ene

Cada día, incondicional como el primer café de la mañana, llega el hombre del libro.  No le conozco y sin embargo son meses desde que le observo a unas pocas mesas de distancia. A veces, me lo cruzo a la hora de comer, otras a la hora de desayunar. Compartimos cafetería y  pasión por las historias. Creo que hará unos diez libros que le descubrí por primera vez y con cada nuevo ejemplar que le veo devorar me dan ganas de plantarme en su mesa y preguntarle quién es, a qué se dedica y cómo logra alcanzar esa paz de isla rodeado de tanta gente estresada.

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The Fantastic Flying Books of Mr Morris Lessmore

Muchas veces fantaseo con la idea de ponerme frente a él y a sus camisas divertidas (porque lleva unas camisas con estampados y coloridos que son toda una declaración de alegría) y decirle que me cuente el secreto, que me explique como se ha salvado. Cada día lo pienso y luego cojo la cuchara y sumerjo las ganas junto con el azúcar hasta el fondo de la taza. ¿Por qué?  No lo sé…

Pero eso es sólo hasta que me atreva, que me atreveré. Porque un día no podré aguantar más y aparcaré mi bote junto a su libro para contarle que es extrañamente curioso, pero  que el hecho de verlo, de que exista y de que sobreviva con tanta serenidad me llena de esperanza.

Y vosotr@s, ¿tenéis algún héroe secreto? ¿Quién os pone ese  rayo de sol cada mañana?

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Echándole cuento: Milco y Papaya

1 Oct

A veces, planeas las cosas de una manera y no acaban de salir como imaginabas. Hace más de un año empecé una colección infantil sobre una niña (Milco) y su gato (Papaya). Una serie de cuentos cortos para niños sobre estos dos grandes amigos y sus aventuras en miniatura. Busqué ilustrador para ponerles cara a los cuentos y poder publicarlos en un futuro y recibí muchas solicitudes de personas interesadas en el proyecto. Finalmente, escogí la que para mí era la favorita, colaboramos un tiempo pero el diferente grado de implicación en el proyecto hizo que la cosa no tirara para adelante.

Ahora los cuentitos llevan muchos meses guardados esperando su momento y  andan un poco tristes. Por eso, creo que es hora de liberarlos, así que allí va el primero. Si a alguien le gusta o se enamora de Milco y Papaya y lo comparte y con eso hace feliz a otra persona, me doy por satisfecha. Y por supuesto si alguien se anima a reabrir el proyecto y colaborar, más contenta todavía.

Pero no me enrollo más que hoy es su día…¡Se abre el telón para la niña y el gato más divertidos de toda la ciudad!

Milco y Papaya: Comer es divertido!

Milco y Papaya tienen cinco añitos y aunque por las mañanas les cuesta un poco levantarse para ir al colegio, a la hora de comer son los más rápidos en ayudar a poner la mesa y colocarse la servilleta.

Primero el mantel de flores y luego los vasos, los tenedores, las cucharas y los platos. Los cuchillos como son muy afilados los coloca mamá cuando ya están todos sentados para que nadie se haga daño.

Mamá y papá son muy buenos cocineros y Milco y Papaya siempre se lo comen todo y dejan sus platos relucientes como espejos.

Les gustan los espaguetis porque son largos y finos y es muy divertido comérselos poniendo boca de aspiradora.

Les gustan las hamburguesas porque son blanditas y sabrosas y les dan mucha energía para correr rápido y ser los más fuertes del patio.

Les gustan los calamares porque esos aritos dorados les recuerdan a pulseras y anillos de un tesoro pirata.

Les gustan las frutas porque tienen muchos colores y formas y cuando hace calor son muy refrescantes.

Pero lo que más les gustan son… ¡los guisantes! Cuando papá y mamá preparan esas bolitas verdes con sabor a caramelo, Milco y Papaya se ponen contentísimos y siempre piden para repetir.

Y es que para crecer tanto como papá y mamá y llegar a ser tan buenos cocineros, Milco y Papaya saben que es muy importante comer todo tipo de alimentos y sobre todo no dejar nunca nada en el plato.

Ahora toca que nos sentemos, nos pongamos la servilleta y llenemos las barriguita como Milco y Papaya. Ellos ya están preparados para comérselo todo. ¿Y tú? ¡Buen provecho!

Echándole cuento: Camino a casa

19 Abr

Hoy el cuento pasa al jueves pero llega con las mismas ganas y un ilustrador muy especial. Porque nunca he creído en las casualidades, este segundo encuentro no podía pasarlo por alto. Con todos vosotros, las casitas de Juan Ignacio Barbieri, unas casitas que sólo con verlas sabes que sólo pueden llevarte a sitios maravillosos.

En cuanto a la historia, un poco de ilusión para afrontar estos días grises que la primavera nos está lanzando. Porque cualquier día esa persona que lo cambie todo puede cruzarse en nuestro camino:) A ver si os gusta y entre todos hacemos salir el sol.

Camino a casa

El día que Juan vio a Mónica rebuscar dentro de su enorme bolso en el metro supo  dos cosas. La primera, que las mujeres pueden llevar un millón de cosas colgadas en el hombro y siempre parece faltarles la que dejaron encima de la mesilla de noche y la segunda, que por fin tenía sentido que llevara un año cogiendo ese estúpido tren  a un trabajo de mierda.

“Tengo que decirle algo”-se  motivó Juan a si mismo en un ejercicio de coaching aún con legañas. “Pero, ¿qué le digo?”  Y entre las dudas y el repaso del abrochado de la camisa (Juan era incapaz de abrocharse bien la camisa por la mañana, los ojales se le mezclaban  y siempre le quedaba un faldón más largo), ella se esfumó. Sí, así sin más. Y en su asiento ya no estaba aquel moño improvisado con un lápiz y el niño  lapidando el Vuitton falso de una señora a golpe de pipa, no tenía ni de lejos la misma caída de pestañas ni las piernas infinitamente largas.

El día en la oficina tampoco ayudó. Juan pensó más de tres veces en clavarse el boli en el cuello y en su escala de sufrimiento laboral soportable “dos veces” ya significaba entrar en zona de peligro. Sonrió, asintió y escuchó el drama  diario de las gemelas que, cada día, su jefa le  embutía amablemente entre el café y el cigarrillo del descanso. Ahí estaba , flotando entre briefs y banners con un solo pensamiento en su cabeza. “soy un gilipollas, un gilipollas de cojones”.

La vuelta en el tren, como era de esperar, fue sin sorpresa. En casa, el desorden tampoco acabó de animar la secuencia. “Venga tío, no hagas un drama”-se repitió Juan antes de bajar a tomar una cerveza con David. De Mónica, por supuesto, no le contó nada y aunque el partido no estuvo mal , la cerveza le supo pesada y la segunda parte se le hizo interminable.

Ya en la cama, después de una sesión de fantasías proyectadas en el techo,  Juan pensó que este sistema estaba muy mal montado, que tenía que dejar ya aquel trabajo que lo estaba matando y que cambiar a un piso de más de 30m2 sería un buen premio para restaurar su autoestima perdida. Luego apuró el culo de la botella de agua y se lanzo en plan camicace sobe sus sueños.

Aquella noche soñó algo extraño. Él estaba conduciendo, pero no un coche, ¡conducía una casa!, una casita preciosa con patas que avanzaba con paso seguro.

-¿Dónde vamos?-le preguntó Juan a la casa

-A ver a Mónica, ¿no?-le respondió ella

-¡Ahh! a Mónica. -Y aunque Juan no sabía que Mónica se llamaba Mónica no tuvo dudas de que hablaba de ella.

-Te parece bien, ¿no?-le preguntó la casita con una sonrisa picarona.

-Sí, sí de puta madre-le contestó Juan satisfecho.

El despertador sonó a las 7:45, justo cuando Juan ya veía un letrero en la carretera que ponía “Villa Mónica, 100 metros”. Una vez más,  ¡puff! Se volvía a quedar a las puertas.

Se lavó la cara, se afeitó y llamó a su Señora jefa a decirle que no se encontraba bien. “Sí, no sé, algo me sentó mal anoche. Bueno, ahora hace ya un rato que no voy al baño, pero entre que no he dormido y el esfuerzo de vomitar…Vale, gracias. Sí, tranquila, creo que mañana ya estaré bien”.

Y directo a por el café y el donut de “El cafetín” y a la agencia nueva. Quería un piso en el centro, no gigante pero sí con una ducha para humanos, una cocina en la que no hacer equilibrismos y a poder ser un balconcito pequeño para cuando llegara la primavera.

Abrió la puerta y una señora de pelo rojizo le anunció con una sonrisa enorme, casi desproporcionada para el tamaño de su cara, que en breve uno de sus agentes le atendería.

-Ya puede pasar, oficina 3-le anunció la señora con un guiño de madre cómplice.

Y allí estaba ella, rebuscando algo entre un millón de papeles. Juan se quedó mirándola literalmente con cara de bobo.

-Buenos días-le saludó Mónica

-Buenos días-acertó a decir él.

-Y bueno, ¿qué buscaba exactamente?

-No lo sé muy bien-dijo con un gusto extremo Juan.

Miraron más de 20 pisos, hasta que Mónica tuvo que atender a su próxima cita.

-Y entonces, ¿ninguno le convence?-le preguntó ella.

Le costaba mirarle a los ojos y cuando lo conseguía  se le curvaban las comisuras hacia arriba. No era gran cosa, pero a la vez era mucho. Lo suficiente para que Juan le contestara:

-Bueno, hay muchos que me gustan, pero creo que lo mejor será que vuelva mañana y los repasemos  con más tranquilidad. ¿Te parece bien?

(Sonrisa-sonrisa)…Y en la calle el cielo más azul del planeta.

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¿Qué os ha parecido? ¿Habéis tenido alguna vez un sueño premonitorio? ¿Creéis en la serendipia o sois más de destino? Y para acabar el post dos temas que me encantan: Apartment de Young the Giant y el mítico Home de Edward Sharpe & The Magnetic Zeros:).

Echándole cuento: Margot y los extraños

12 Abr

Con un día de retraso, pero aquí está el cuento semanal. Hoy una historia un poquito más oscura sobre fantasmas, extraños y confianzas peligrosas. Porque no todos los fantasmas son como Casper o Natalie PortmanXD A ver si os gusta:)

Margot y los extraños

Margot recordaba aquella frase desde siempre. “¿Me has oído? Nunca, pero nunca hables con extraños”- le repetía su madre cada día antes de salir a coger el autocar. “Sí, mamá”- contestaba Margot mientras intentaba adivinar de qué sería el bocata mal envuelto.

Era una niña obediente y por eso si a alguien raro se le acercaba se apartaba despacito y se ponía a cantar. Tampoco era cuestión de ofender, no todo el mundo iba a ser malo, pero una promesa era una promesa y “quien no oye no puede contestar”, se consolaba la pequeña.

Hasta aquí la práctica coincidía perfectamente con la teórica, pero una noche de canguro todo lo previsto se hizo un lío y Margot tuvo que improvisar. Papá y mamá habían salido al teatro y Carolina, la vecina, había venido a cuidarla. En realidad, Margot no entendía porque le pagaban a aquella chica porque en cuanto sonaba el motor del coche de sus padres la mandaba a la cama.

Bueno, eran las nueve y Margot estaba ya envuelta en su saco del espacio cuando una sombra larguirucha apareció en la pared. ¡Qué miedo!- pensó. Instintivamente, se hizo una bolita  y se metió debajo de los almohadones interestelares.

-Pssst, pssst- le chistó la sombra.

Margot se tapó los oídos para no escuchar el sonido y empezó a cantar.

-Pssst, pssst- continuó la sombra. –No tengas miedo, que no quiero hacerte nada- le dijo.

-No puedo hablar con extraños- susurró Margot muy nerviosa.

-¡Ah, es eso! Pero Margot es que yo no soy un extraño- contestó pausadamente el perfil afilado.

A pesar de que la pequeña cubría sus orejitas rosadas con todas sus fuerzas la voz le llegaba alta y clara. Con un poco de desconfianza, Margot fue asomándose por debajo del cojín para ver quien hablaba. Lo cierto es que sentía curiosidad. Estaba oscuro y las pegatinas fosforescentes del techo no le ayudaban a hacerse una idea muy clara del personaje misterioso. Margot entornó los ojitos como hacen los gatos para afinar la mirada.

-¿Abuelo?-dijo con muy poca seguridad.

-Sí, claro cariño, soy yo- exclamó la mancha alargada de la pared.

-Espera un minuto- Margot se puso a rebuscar en el cajón de debajo de la cama.-¡La tengo!

Bajo la luz de la linternita rosa, un hombrecillo muy delgado se apareció ante los ojos de la niña. Era muy viejo y un poco transparente y tenía una barba larguísima recogida en un moño. Aunque ligeramente diferente, sí se parecía a aquel señor que había visto en las fotos de casa de la abuela.

Un día, Margot le preguntó a la abuela quién era aquel chico de los marcos dorados y ella le contestó que era el abuelo cuando aún era joven. No dijo nada más y tampoco parecía muy contenta de hablar sobre el tema. Esa misma tarde, cuando mamá vino a recogerla, oyó como la abuela le contaba todo lo sucedido y se ponía a llorar. Más tarde, escondida como un ratoncito detrás de la puerta, pudo enterarse de que el abuelo había hecho sufrir mucho a la abuela y de que ella nunca lo había superado.

Al parecer, él había conseguido reunir una gran fortuna gracias a un golpe de suerte. Después se había casado con la abuela, que, por aquel entonces, era una de las jovencitas más lindas del barrio. Al poco tiempo del enlace, la abuela había quedado embarazada y él había comenzado a desaparecer durante largas temporadas sin mediar explicación alguna. La abuela había tenido que criar a mamá sola y nunca había vuelto a sentirse amada. Era una historia muy triste, que, además, no dejaba en muy buen lugar al abuelo.

-Te has acordado de mí. Lo sabía, eres una niña increíble. En cuanto te vi lo supe, la esperanza había vuelto a casa. Y mira, ahora ya eres toda una señorita y muy valiente, por cierto.

Margot le miraba con la boca abierta. Estaba confundida y asustada pero quería saber si  aquel algo que le hablaba era suave como una nube o duro y frío como el cristal de un espejo.

-Toca, toca- le dijo el abuelo leyéndole el pensamiento. Ya verás que divertido. Parece que metas los dedos en gaseosa. Además así al viajar vas mucho más liviano de equipaje.

-Ya- decía Margot.- Y una pregunta, no te enfades, ¿tú no estabas en el cielo o algo así?

-Bueno, voy variando de sitio. Ahora, estoy preparando unos días en el Amazonas. Sabes, ser fantasma no está tan mal. Depende de como te lo tomes. ¿Tú te vendrías de excursión a la selva?

-¿Yo? Es que esta semana tengo control de mates y aparte seguro que mamá no querría. No me deja ni ir a la piscina, me iba a dejar ir a la selva con un…

-Sí, dilo. Con un fantasma ibas a decir, ¿verdad?

– No, si yo creo que me gustaría , pero …

– Ya, si lo comprendo. No sé ni porque he venido. Perdóname, ha sido una tontería. Uno que ya es mayor y entre tanto extraño se siente muy solo. Antes no me sucedía, podía pasar horas sin compañía, pero ahora, cada vez más, siento ganas de compartir las cosas que me suceden. Ya me voy, no querría molestarte, tú tienes que descansar.

-Pero abuelo no es eso- acertó a decir Margot con un hilito de voz. Aquellas palabras le habían hecho sentir lástima por aquel pariente fantasma.

-Pues entonces vente. Los tigres y los monos nos esperan. Podremos comer plátanos todos los días y no habrá hora para ir a dormir.

-Pero, ¿y papá y mamá? Se enfadarán y me echarán de menos.

-Al principio, sí, pero luego irán al cine y al teatro y además les mandaremos postales cada semana. Cada día, si quieres ¡Venga, dime que sí!

Margot tenía siete años, un cerebro lleno de imaginación y unos padres que sólo sabían contarle las cosas a medias. Su vida no estaba mal, pero para una mente tan despierta era aburrida. ¡La selva! Aquello sí sonaba a aventura de verdad. Pero ¿y si el abuelo estaba tratando de engañarla?

-No te lo pienses, tonta. Será alucinante, ¡ya verás cuando se lo cuentes a tus amigas del cole!

Total, serían sólo unas semanas, un descanso como en las vacaciones de Navidad. Y el abuelo estaba tan solito y tenía tantas ganas. Quizá lo que había pasado es que él era un aventurero y la abuela no le había sabido entender. Margot le cogió la mano e inclinó la cabeza. Él sonrió.

-Vale, tú ahora hazme caso. Es muy fácil, tápate la nariz y cierra la boca muy fuerte como cuando te vas a tirar al agua desde el trampolín. Aguanta así Margot y cuando te notes que todo el cuerpo te hace burbujitas yo ya tendré los sándwiches listos para el viaje.

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¿Qué os ha parecido? ¿Os gustan las historias de miedo? A mí me hacen pasarlo fatal pero me encantan. En cuanto a las ilustraciones del post, hoy contamos con los fantasmas a través del espejo de David Vela y con estos niños monísimos del genio de Pixar Lou Romano. Y para acabar, ¿qué tal una canción sobre fantasmas? Una de mis preferidas de Fanfarlo🙂

Echándole cuento: Un sabio de barrio

4 Abr

Miércoles y aunque muchos ya están de vacaciones, nosotros no renunciamos a nuestro cuento semanal. Y además hoy no es una historia cualquiera porque puedo deciros con muchísima ilusión que tenemos colaboración de lujo.  Nuestro sabio de barrio viene con una ilustración nada más ni nada menos que de Genie Espinosa, una ilustradora infantil que hace verdaderas maravillas. Si no la conocéis aún, ni lo penséis y visitad ya mismo su blog! Seguro que os encanta! Gracias guapísima por compartirte hoy con nosotros:)

Un sabio de barrio

Hacía un ruido incómodo al comer y tenía una interminable colección de corbatas de poliéster. Olía a humo y a menudo llevaba la americana manchada de café. No era un tipo agradable a la vista ni al olfato. Arrastraba los zapatos y tenía, como diría mi abuela, voz de pito.

Eso sí, era educado y tenía una mirada, que, aunque a veces me parecía una extraña fusión anfibio-ebria, escondía algo de dulzura. Cada mañana, pedía lo mismo: un solo, un bocadillo de jamón dulce y unas olivas.

Así era el Sr. Juan Contado o así le veía yo, hasta que un día, de pronto, entró distinto en el bar y me dijo si le podía poner lo de siempre para llevar. Me sorprendió porque iba en camiseta, pantalón de chándal y deportivas. En todos los años que yo llevaba sirviendo en “El Cafetín” nunca le había visto así. Pensé en la corbata lila ultra brillante de los sábados y me alegré de que le hubiera dado vacaciones.

-Tiene buena cara, hoy-le dije contenta

-Es que estoy contento-respondió

Creo que por primera vez le vi sonreír con todos los dientes.

-¿Y eso? ¿No será cosa del amor? Mire que la primavera no perdona.

-Pues, sí algo de eso hay. Ahí junto a la puerta me espera el amor que me ha cambiado la vida.

Levanté las cejas, me asomé curiosa y no encontré a nadie.

-¿Perdone?

Soltó una carcajada y me estiró del delantal hacia abajo. Y ahí estaba, un perrito feo con los ojos saltones y la cabeza desproporcionada para su pequeño cuerpo alargado.

-Te presento a Maximiliano-me dijo con el orgullo de un padre en el primer partido de fútbol de su hijo.

Me agaché y el animalito se me enredó entre los tobillos y comenzó a lamerme las piernas.

-Es muy cariñoso, aún tengo mucho que enseñarle, pero se ve que es un buen perro-se apresuró a contarme el Sr. Juan.

-¿Y esta incorporación?-le interrogué con la mirada.

Estaba invadida por una extraña sensación de felicidad que no sé muy bien como explicarles.

Me rozó levemente la mano, atravesó mis cristales empachados de dioptrías y me susurró:

-Al final, ¿de qué sirve todo si no puedes compartirlo? Y en aquel momento el Sr. Juan me pareció un hombre nuevo, un sabio de barrio, un corazón muy grande con un envoltorio llamado a las equivocaciones.

Le entregué la bolsa con su desayuno habitual y los vi marcharse, felices como una pareja de enamorados, por el camino del parque.

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Bueno, ¿qué os ha parecido? Preparé el cuento para agradecer el trabajo de todos aquellos que luchan contra el maltrato animal, pero no pudo estar a tiempo para su día. Igualmente, como creo que su día es cualquiera, así como el de aquellos que buscan hogar a mascotas que no han tenido demasiada suerte, hoy va por ellos.

Y a vosotros, ¿quién os alegra el día enredándose entre vuestros tobillos? Compartámonos, que tenemos mucho que aprender de nuestros animales:)

Echándole cuento: Delirio

21 Mar

Miércoles y volvemos a la carga. Hoy también con un cuento que habla de esos deseos secretos que muchas veces nos morimos por confesar y de esos triángulos amorosos imperfectos que tantos delirios provocan. A ver si os gusta.

Delirio

Tierra y agua para conquistar al esquivo aire. Ignacio y Pilar para libar a Julia. Un triángulo imperfecto para alcanzar lo inalcanzable.

Diez de la mañana. Julia llega a clase. Tarde, por supuesto. Ignacio no levanta la mirada para no descubrir su debilidad y continúa escribiendo en la pizarra. Caso cuatro, denuncia por incumplimiento de contrato. Ella está a unos cinco metros, en los últimos asientos, pero aún así puede oler su pelo mojado. Por la escalera del entarimado su estela azulada se disipa. Él no es imbécil, sabe que a ella su clase le importa una mierda. Pero y eso qué más da. No quiere una dama de hierro, sólo ambiciona cuidarla, abrazarla en las noches para ganar terreno a su cama vacía, prepararle el desayuno y leerle el periódico por las mañanas. Quiere hacerse acólito de esos muslos y amasar su piel blanca como el pan. No sabe cómo, ni cuándo, pero su vida se ha entregado a seguirla. Y vive sin vivir en él por Julia, Julia Santos. Melena rojiza y sabor a condena consentida.

Seis de la tarde. Julia entra en la peluquería. Nunca pide cita, pero siempre consigue colarse. Pilar le cambia tres permanentes a Laura por que le acabe un recogido para poder atenderla. Córtamelo muy corto-dice sin apenas levantar los ojos de la revista. Y la estilista devota le enjabona la cabeza. Entonces, la imagina desnuda cubierta por una gruesa capa de espuma. La imagina rendida sobre la alfombra saboreando una copa de tinto. La imagina callada, enredada en su cuerpo. La imagina música, soneto, instrumento y aroma. Le recorta los mechones de fuego hasta descubrirle la nuca y desliza su lengua por toda su columna vertebral hasta alcanzarle las nalgas. No sabe cómo, ni cuándo, pero su vida se ha entregado a seguirla. Y vive sin vivir en ella por Julia, la hija de la actriz algo loca del 5º C. Nuca de Dafne y rubor de orquídea.

Cinco de la madrugada. Julia entra de puntillas en el estudio. Sabe que no debería estar allí, pero lleva toda la noche intentado no evitarlo. Él está sentado en la oscuridad, borracho y con los pinceles sucios. Sabía que volverías. Eres una niña estúpida. Y Julia se le acerca, ahora distinta, desarmada, vulnerable y se le restriega como un perro enfermo de soledad. Él la coge de la barbilla, muy fuerte. Escucha, es la última vez. ¿Me entiendes? La última. Entonces ella, se muerde la muñeca para embriagarse de su propio veneno y le delira abrazándola en la noche, preparándole el desayuno y leyéndole el periódico por las mañanas. Le delira tocándole los valles y las colinas para desprenderle notas. Le delira enredado en su cuerpo, dormido sobre sus nalgas. No sabe cómo, ni cuándo, pero su vida se ha entregado a seguirle. Y vive sin vivir en ella por él, un hombre sin nombre ni buzón  ni sentido. Piel sin dueño y amor de círculo.

Ignacio, Pilar y Julia, conquista silenciosa de líneas discontinuas con pretensión de forma. Tierra y agua invocan al aire para respirar. Éste, sordo a invocaciones, invoca al Fuego que la consuma.

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¿Qué os ha parecido? Las ilustraciónes que acompañan al cuento de hoy son de Borja Lössius y   Sarah Larnach porque las sensaciones que transmiten creo que le van como anillo al dedo al texto.

Y para suavizar un poco el momento (el cuento es quizá un poco subidito de tono para leerlo de buena mañana) una canción que me encanta de Love of Lesbian que precisamente habla de delirios y de cuentos. Yo también mataría monstruos por vosotros, o quizá no, seguramente con una buena merienda y algo de ganas todos acabaríamos llevándonos de maravilla. ¡Feliz miércoles!

Echándole cuento: Una abuela entre un millón

14 Mar

Miércoles y  hoy llegamos con un cuento urbano sobre una abuela distinta pero de lo más potente. A ver qué os parece. Coincide que hace poquito que el skateboard  volador de Regreso al futuro está a la venta, pero cuando escribí la historia (que en su origen la medio soñé) no tenía ni idea de ello. Con suerte el cuento se podrá hacer realidad, así que si sabéis de alguna o algún abuelo marchoso, ya tenéis una idea-regalo bien original;)

Una abuela entre un millón

Reconozco que cuando mamá me dijo que la abuela pasaría a buscarme por el polideportivo no me hizo ninguna gracia. No porque tenga nada en contra de la abuela, la verdad es que sólo la he visto un par de veces en la vida, pero es que… la abuela no es una abuela corriente.

La primera vez que fui a su casa porque mamá y papá tenían un congreso de no sé de qué y tía Marta andaba liada con un novio nuevo, casi vienen los bomberos. La abuela se define a si misma como inventora, aunque papá siempre dice por lo bajini que está un poco…y hace el gesto del dedo en la cabeza.


La cuestión es que la abuela me dijo que íbamos a hacer unos pasteles chispeantes que al probarlos nos darían una sensación como de burbujitas explotando suavemente. Yo me imaginé que sería algo así como añadir peta zetas a la masa, pero me equivoqué. El resultado fue un pastel gigante, un boom en el horno y un chocolate tan amargo que ni siquiera tuve tentaciones de chupar la pared.

La segunda vez tampoco fue mejor. Yo estaba enfermo y todos estaban muy ocupados, así que después de probar con cuatro canguros distintas no disponibles, mamá puso esa cara de “cariño, no te enfades” y marcó el número de abuela. Ella vino como loca de contenta a casa con un cesto con tirantes lleno de libros para entretenerme. Y al principio reconozco que fue brutal porque sacó un tomo enorme en 3D sobre dinosaurios. Lo malo fue que como en casi todos los inventos de la abuela algo salió mal y un dinosaurio-holograma se escapó del libro y me puso todo el cuarto patas arriba. La abuela tardó casi una hora en volver a atraparlo y mamá me castigó por desordenar y encima por inventarme historias.

-Te lo prometo, mamá-no dejaba de repetir yo.


Pero ni caso. Entonces, la abuela me llevó a un lado, me guiñó el ojo y me prometió que me compensaría. ¡Ah! y encima se llevó la mitad de mis DVDS favoritos para hacer pruebas y mamá no hizo nada para impedirlo.
En aquel momento, tuve miedo por aquella promesa y ahora que veía la posibilidad de que se acercara tenía más aún. ¿Querría la abuela compensarme delante de todos mis colegas? Pensé en hundirme en la colchoneta azul y no salir nunca más.

Llegó la hora de la salida y allí estaba yo con la capucha puesta intentando pasar desapercibido. Por favor, que venga en autobús y que no haga nada raro- me repetía una y otra vez. Pero, de pronto, empecé a oír los primeros “¡¿has visto eso?!” y los “qué fuerte, tío”. Tenía miedo hasta de mirar así que me giré muy lentamente. Ya me estaba retirando la mano de los ojos cuando el empujón del Napias me pilló por sorpresa.

-¡Tío, tu abuela es la caña!

¡¿Había oído bien?! Avancé entre un millón de cabezas que hacían corro alrededor de mi supuesta abuela letal y aluciné literalmente. Allí estaba ella con un chándal brillante lila y un casco supersónico. Pero aquello no era lo más impresionante. A sus pies, había un skateboard último modelo que se sostenía flotando a unos diez centímetros del suelo.

La miré con la boca abierta. No sabía qué decir.

-¿Vamos?-me dijo con una sonrisa. –Hoy, nos vamos a comer pasteles de verdad, de los que no explotan-añadió con una vocecilla traviesa.

Me puse un casco azul chulísimo que me tenía preparado y salí del polideportivo como el niño más envidiado del colegio. A lo lejos todos me gritaban “luego, te llamo, luego te llamo” y yo no podía estar más feliz.

Ya a solas con la abuela, en una pastelería de esas en las que cada dulce tiene su propia blonda personalizada, no pude aguantar más y le pregunté.

-Y ¿esto abuela? ¿Cómo se te ha ocurrido?

Ella me miró como quien se muere de ganas de contar un secreto y me dijo:

-Lo vi en esa peli que te cogí prestada, esa del chico que con un coche viaja al futuro. ¿Mola, verdad?

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¿Qué os ha parecido? ¿Tenéis buenos recuerdos de vuestros abuelos? Yo no puedo olvidar la peluquería de muñecas, las excursiones por el campo, las tardes redecorando todas las macetas del jardín, los talleres de bollitos al horno ni las meriendas debajo de la mesa. Hoy, por eso, el cuento va dedicado a todos esos abuelos y abuelas que nos hacen pasar a los nietos unos años realmente mágicos🙂

Y para dejaros con un buen sabor de boca, estas tartas Pantone que, además de no explotar, tienen una pinta increíble. Por cierto las maravillosas ilustraciones de hoy son de David Walliams, Mark Teague (todo un experto de los cuentos de dinosaurios) y Joe Berger y esa escena de niños boquiabiertos de la inolvidable serie de dibujos animados de La Banda del patio. ¡Sweet wednesday a todos!