Echándole cuento: Margot y los extraños

12 Abr

Con un día de retraso, pero aquí está el cuento semanal. Hoy una historia un poquito más oscura sobre fantasmas, extraños y confianzas peligrosas. Porque no todos los fantasmas son como Casper o Natalie Portman😄 A ver si os gusta:)

Margot y los extraños

Margot recordaba aquella frase desde siempre. “¿Me has oído? Nunca, pero nunca hables con extraños”- le repetía su madre cada día antes de salir a coger el autocar. “Sí, mamá”- contestaba Margot mientras intentaba adivinar de qué sería el bocata mal envuelto.

Era una niña obediente y por eso si a alguien raro se le acercaba se apartaba despacito y se ponía a cantar. Tampoco era cuestión de ofender, no todo el mundo iba a ser malo, pero una promesa era una promesa y “quien no oye no puede contestar”, se consolaba la pequeña.

Hasta aquí la práctica coincidía perfectamente con la teórica, pero una noche de canguro todo lo previsto se hizo un lío y Margot tuvo que improvisar. Papá y mamá habían salido al teatro y Carolina, la vecina, había venido a cuidarla. En realidad, Margot no entendía porque le pagaban a aquella chica porque en cuanto sonaba el motor del coche de sus padres la mandaba a la cama.

Bueno, eran las nueve y Margot estaba ya envuelta en su saco del espacio cuando una sombra larguirucha apareció en la pared. ¡Qué miedo!- pensó. Instintivamente, se hizo una bolita  y se metió debajo de los almohadones interestelares.

-Pssst, pssst- le chistó la sombra.

Margot se tapó los oídos para no escuchar el sonido y empezó a cantar.

-Pssst, pssst- continuó la sombra. –No tengas miedo, que no quiero hacerte nada- le dijo.

-No puedo hablar con extraños- susurró Margot muy nerviosa.

-¡Ah, es eso! Pero Margot es que yo no soy un extraño- contestó pausadamente el perfil afilado.

A pesar de que la pequeña cubría sus orejitas rosadas con todas sus fuerzas la voz le llegaba alta y clara. Con un poco de desconfianza, Margot fue asomándose por debajo del cojín para ver quien hablaba. Lo cierto es que sentía curiosidad. Estaba oscuro y las pegatinas fosforescentes del techo no le ayudaban a hacerse una idea muy clara del personaje misterioso. Margot entornó los ojitos como hacen los gatos para afinar la mirada.

-¿Abuelo?-dijo con muy poca seguridad.

-Sí, claro cariño, soy yo- exclamó la mancha alargada de la pared.

-Espera un minuto- Margot se puso a rebuscar en el cajón de debajo de la cama.-¡La tengo!

Bajo la luz de la linternita rosa, un hombrecillo muy delgado se apareció ante los ojos de la niña. Era muy viejo y un poco transparente y tenía una barba larguísima recogida en un moño. Aunque ligeramente diferente, sí se parecía a aquel señor que había visto en las fotos de casa de la abuela.

Un día, Margot le preguntó a la abuela quién era aquel chico de los marcos dorados y ella le contestó que era el abuelo cuando aún era joven. No dijo nada más y tampoco parecía muy contenta de hablar sobre el tema. Esa misma tarde, cuando mamá vino a recogerla, oyó como la abuela le contaba todo lo sucedido y se ponía a llorar. Más tarde, escondida como un ratoncito detrás de la puerta, pudo enterarse de que el abuelo había hecho sufrir mucho a la abuela y de que ella nunca lo había superado.

Al parecer, él había conseguido reunir una gran fortuna gracias a un golpe de suerte. Después se había casado con la abuela, que, por aquel entonces, era una de las jovencitas más lindas del barrio. Al poco tiempo del enlace, la abuela había quedado embarazada y él había comenzado a desaparecer durante largas temporadas sin mediar explicación alguna. La abuela había tenido que criar a mamá sola y nunca había vuelto a sentirse amada. Era una historia muy triste, que, además, no dejaba en muy buen lugar al abuelo.

-Te has acordado de mí. Lo sabía, eres una niña increíble. En cuanto te vi lo supe, la esperanza había vuelto a casa. Y mira, ahora ya eres toda una señorita y muy valiente, por cierto.

Margot le miraba con la boca abierta. Estaba confundida y asustada pero quería saber si  aquel algo que le hablaba era suave como una nube o duro y frío como el cristal de un espejo.

-Toca, toca- le dijo el abuelo leyéndole el pensamiento. Ya verás que divertido. Parece que metas los dedos en gaseosa. Además así al viajar vas mucho más liviano de equipaje.

-Ya- decía Margot.- Y una pregunta, no te enfades, ¿tú no estabas en el cielo o algo así?

-Bueno, voy variando de sitio. Ahora, estoy preparando unos días en el Amazonas. Sabes, ser fantasma no está tan mal. Depende de como te lo tomes. ¿Tú te vendrías de excursión a la selva?

-¿Yo? Es que esta semana tengo control de mates y aparte seguro que mamá no querría. No me deja ni ir a la piscina, me iba a dejar ir a la selva con un…

-Sí, dilo. Con un fantasma ibas a decir, ¿verdad?

– No, si yo creo que me gustaría , pero …

– Ya, si lo comprendo. No sé ni porque he venido. Perdóname, ha sido una tontería. Uno que ya es mayor y entre tanto extraño se siente muy solo. Antes no me sucedía, podía pasar horas sin compañía, pero ahora, cada vez más, siento ganas de compartir las cosas que me suceden. Ya me voy, no querría molestarte, tú tienes que descansar.

-Pero abuelo no es eso- acertó a decir Margot con un hilito de voz. Aquellas palabras le habían hecho sentir lástima por aquel pariente fantasma.

-Pues entonces vente. Los tigres y los monos nos esperan. Podremos comer plátanos todos los días y no habrá hora para ir a dormir.

-Pero, ¿y papá y mamá? Se enfadarán y me echarán de menos.

-Al principio, sí, pero luego irán al cine y al teatro y además les mandaremos postales cada semana. Cada día, si quieres ¡Venga, dime que sí!

Margot tenía siete años, un cerebro lleno de imaginación y unos padres que sólo sabían contarle las cosas a medias. Su vida no estaba mal, pero para una mente tan despierta era aburrida. ¡La selva! Aquello sí sonaba a aventura de verdad. Pero ¿y si el abuelo estaba tratando de engañarla?

-No te lo pienses, tonta. Será alucinante, ¡ya verás cuando se lo cuentes a tus amigas del cole!

Total, serían sólo unas semanas, un descanso como en las vacaciones de Navidad. Y el abuelo estaba tan solito y tenía tantas ganas. Quizá lo que había pasado es que él era un aventurero y la abuela no le había sabido entender. Margot le cogió la mano e inclinó la cabeza. Él sonrió.

-Vale, tú ahora hazme caso. Es muy fácil, tápate la nariz y cierra la boca muy fuerte como cuando te vas a tirar al agua desde el trampolín. Aguanta así Margot y cuando te notes que todo el cuerpo te hace burbujitas yo ya tendré los sándwiches listos para el viaje.

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¿Qué os ha parecido? ¿Os gustan las historias de miedo? A mí me hacen pasarlo fatal pero me encantan. En cuanto a las ilustraciones del post, hoy contamos con los fantasmas a través del espejo de David Vela y con estos niños monísimos del genio de Pixar Lou Romano. Y para acabar, ¿qué tal una canción sobre fantasmas? Una de mis preferidas de Fanfarlo🙂

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