Echándole cuento: Una abuela entre un millón

14 Mar

Miércoles y  hoy llegamos con un cuento urbano sobre una abuela distinta pero de lo más potente. A ver qué os parece. Coincide que hace poquito que el skateboard  volador de Regreso al futuro está a la venta, pero cuando escribí la historia (que en su origen la medio soñé) no tenía ni idea de ello. Con suerte el cuento se podrá hacer realidad, así que si sabéis de alguna o algún abuelo marchoso, ya tenéis una idea-regalo bien original;)

Una abuela entre un millón

Reconozco que cuando mamá me dijo que la abuela pasaría a buscarme por el polideportivo no me hizo ninguna gracia. No porque tenga nada en contra de la abuela, la verdad es que sólo la he visto un par de veces en la vida, pero es que… la abuela no es una abuela corriente.

La primera vez que fui a su casa porque mamá y papá tenían un congreso de no sé de qué y tía Marta andaba liada con un novio nuevo, casi vienen los bomberos. La abuela se define a si misma como inventora, aunque papá siempre dice por lo bajini que está un poco…y hace el gesto del dedo en la cabeza.


La cuestión es que la abuela me dijo que íbamos a hacer unos pasteles chispeantes que al probarlos nos darían una sensación como de burbujitas explotando suavemente. Yo me imaginé que sería algo así como añadir peta zetas a la masa, pero me equivoqué. El resultado fue un pastel gigante, un boom en el horno y un chocolate tan amargo que ni siquiera tuve tentaciones de chupar la pared.

La segunda vez tampoco fue mejor. Yo estaba enfermo y todos estaban muy ocupados, así que después de probar con cuatro canguros distintas no disponibles, mamá puso esa cara de “cariño, no te enfades” y marcó el número de abuela. Ella vino como loca de contenta a casa con un cesto con tirantes lleno de libros para entretenerme. Y al principio reconozco que fue brutal porque sacó un tomo enorme en 3D sobre dinosaurios. Lo malo fue que como en casi todos los inventos de la abuela algo salió mal y un dinosaurio-holograma se escapó del libro y me puso todo el cuarto patas arriba. La abuela tardó casi una hora en volver a atraparlo y mamá me castigó por desordenar y encima por inventarme historias.

-Te lo prometo, mamá-no dejaba de repetir yo.


Pero ni caso. Entonces, la abuela me llevó a un lado, me guiñó el ojo y me prometió que me compensaría. ¡Ah! y encima se llevó la mitad de mis DVDS favoritos para hacer pruebas y mamá no hizo nada para impedirlo.
En aquel momento, tuve miedo por aquella promesa y ahora que veía la posibilidad de que se acercara tenía más aún. ¿Querría la abuela compensarme delante de todos mis colegas? Pensé en hundirme en la colchoneta azul y no salir nunca más.

Llegó la hora de la salida y allí estaba yo con la capucha puesta intentando pasar desapercibido. Por favor, que venga en autobús y que no haga nada raro- me repetía una y otra vez. Pero, de pronto, empecé a oír los primeros “¡¿has visto eso?!” y los “qué fuerte, tío”. Tenía miedo hasta de mirar así que me giré muy lentamente. Ya me estaba retirando la mano de los ojos cuando el empujón del Napias me pilló por sorpresa.

-¡Tío, tu abuela es la caña!

¡¿Había oído bien?! Avancé entre un millón de cabezas que hacían corro alrededor de mi supuesta abuela letal y aluciné literalmente. Allí estaba ella con un chándal brillante lila y un casco supersónico. Pero aquello no era lo más impresionante. A sus pies, había un skateboard último modelo que se sostenía flotando a unos diez centímetros del suelo.

La miré con la boca abierta. No sabía qué decir.

-¿Vamos?-me dijo con una sonrisa. –Hoy, nos vamos a comer pasteles de verdad, de los que no explotan-añadió con una vocecilla traviesa.

Me puse un casco azul chulísimo que me tenía preparado y salí del polideportivo como el niño más envidiado del colegio. A lo lejos todos me gritaban “luego, te llamo, luego te llamo” y yo no podía estar más feliz.

Ya a solas con la abuela, en una pastelería de esas en las que cada dulce tiene su propia blonda personalizada, no pude aguantar más y le pregunté.

-Y ¿esto abuela? ¿Cómo se te ha ocurrido?

Ella me miró como quien se muere de ganas de contar un secreto y me dijo:

-Lo vi en esa peli que te cogí prestada, esa del chico que con un coche viaja al futuro. ¿Mola, verdad?

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¿Qué os ha parecido? ¿Tenéis buenos recuerdos de vuestros abuelos? Yo no puedo olvidar la peluquería de muñecas, las excursiones por el campo, las tardes redecorando todas las macetas del jardín, los talleres de bollitos al horno ni las meriendas debajo de la mesa. Hoy, por eso, el cuento va dedicado a todos esos abuelos y abuelas que nos hacen pasar a los nietos unos años realmente mágicos🙂

Y para dejaros con un buen sabor de boca, estas tartas Pantone que, además de no explotar, tienen una pinta increíble. Por cierto las maravillosas ilustraciones de hoy son de David Walliams, Mark Teague (todo un experto de los cuentos de dinosaurios) y Joe Berger y esa escena de niños boquiabiertos de la inolvidable serie de dibujos animados de La Banda del patio. ¡Sweet wednesday a todos!

2 comentarios to “Echándole cuento: Una abuela entre un millón”

  1. maddalen marzo 17, 2012 a 12:45 pm #

    me ha encantado!

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