Echándole cuento: Amor de cuchara

29 Feb

Tras dos semanas faltando a nuestra habitual cita “cuentista” hoy vuelvo con las orejillas un poco gachas pero con un Sr. Cuento para compensar. Porque no puedo evitar relacionar comida-placer-amor, allá va un cuentito que escribí hace tiempo entre pucheros. A ver qué os parece:)

Amor de cuchara

Joaquín era contable. De nueve de la mañana a siete y media de la tarde, se movía ente operaciones, descuentos y extraños castillos de números. Lo importante era cuadrar todos los resultados y no dejar nada al azar. Las cifras claras, ordenadas y bien dispuestas.

Lucía era recepcionista. De nueve de la mañana a siete y media de la tarde, se dedicaba a contestar el teléfono, recibir a las visitas y organizar la agenda de su jefe. Lo importante era mantener un control total de la situación y no dejar nada al azar. Las citas importantes en rojo, subrayadas y bien cubiertas.

Entonces, llegaban las siete y media y empezaba la vida de Joaquín y Lucía. Ellos no se conocían aunque compartían calle de residencia y una secreta pasión por la cocina. Él vivía en el número 22 y ella en el 36. A medio camino entre las dos casas, se abría un pequeño callejón donde un ruso retirado, apasionado de la gastronomía, regentaba un bazar de especias: Kolls.

Joaquín era asiduo a Kolls. Lucía también. A menudo, coincidían en la laberíntica tienda pero nunca se veían. A un lado de la estantería, Lucía perdida entre las flores maceradas, al otro, Joaquín inmerso en los aceites exóticos. Separados por un puñado de botes. Él soñando con encontrar a esa ella que se derramara en sus brazos con la suavidad de una crème anglaise. Ella imaginando a ese él que se fundiera entre sus dedos como la mantequilla al fuego.



Lucía vivía con Saurio, un perrito pequeño con hambre de dragón. Joaquín compartía piso con Ramón, un inventor brillante de artilugios de dudosa utilización. No eran desdichados, pero los dos se sentían desinflados como un pastel sin levadura por no poder compartirse con comensales apasionados. Tanto Saurio como Ramón, devoraban un soufflé o unas patatas fritas con la misma fruición.

Sin embargo, el mejor espectáculo se daba en las noches. Yo, por aquel entonces, era un gato callejero y me gustaba deambular a la luz de la luna por los tejados del vecindario. Sentado sobre la chimenea del Hotel Quartz degustaba los aromas que salían de la ventana de Lucía y de la de Joaquín. Cada uno tenía un estilo muy personal, pero cuando estos se mezclaban en mi lengua áspera creía entrar en un trance delicioso.


Un viernes a mediodía, estaba Lucía preparando su lista de la compra para ir a reponer reservas a Kolls cuando su superior entró en la sala vociferando como un troll indispuesto. Anúlalo todo, la puta de mi mujer me ha pedido el divorcio, pero, ¿qué coño se ha creído ésta? Que no me moleste nadie esta tarde, ni llamadas, ni visitas, ni nada de nada. Lucía asintió en silencio. ¿Había dicho durante la tarde? Era viernes y los viernes su horario no alcanzaba a más de las tres. ¡Ah, me olvidaba!-volvió a entrar el despechado-Hoy te tienes que quedar que necesito pasar unos informes urgentes a ordenador. No hay problema-contestó Lucía. Pero sí lo había. El viernes era suyo y de Maggie, su mejor amiga, que siempre venía a cenar para celebrar el inicio del fin de semana. Con suerte, podría preparar un poco de pasta, pero el pastel de pescado y canela tendría que prorrogarse.

Cuando Lucía, por fin, logró deshacerse de la posesión de su jefe no había ya ninguna esperanza de que la verja de Kolls permaneciera abierta. Un poco enfadada por el imprevisto, decidió volver a casa a pie para liberar el mal humor antes de recibir a su invitada. En esas, que iba caminando por su calle, chutando una bolita de papel de propaganda, cuando algo la distrajo. Canela, anís, nata, un toque de licor de café y …¿qué era aquello? Se detuvo y alzó la nariz hasta la ventana del 5ºC del número 22. ¡Cacahuetes bañados en almíbar! Presa de un hechizo irracional y guiada por aquella música de textura palpitante se coló en el portal del edificio tras una abuelita.

-¿Vas al 5º?- le preguntó la señora con una sonrisa muy pícara.
– Creo que sí-dijo Lucía cortada.
-Es que como ese chico pocos. El otro está un poco chalado, pero el tuyo, ese cocina como los ángeles.
-Bueno, si yo en realidad…-añadió Lucía
-Venga, recógete un poco el pelo y llama sin miedo, que no muerden.

Y así se encontró Lucía frente a la puerta. Estaba reuniendo fuerzas para llamar cuando la puerta se abrió de golpe y salió Joaquín. El choque no comportó heridos, sólo un cruce tan voraz de miradas que las luces de la ciudad sintieron envidia de aquella aleación de energía.

-Perdona-susurró Lucía
-No, perdona tú. Casi te como-se disculpó Joaquín.
Y sin más, se empezaron a reír por lo ridículo e insólito de la situación.

Lucía admitió con la boca pequeña y mucha vergüenza que había sido víctima del síndrome de Hamelín al haber sido literalmente arrastrada por aquellos efluvios de especias. Él no lo encontró disparatado. Más bien le pareció encantador. La piel de Lucía olía a hierbabuena y sus pechos firmes y redondos que asomaban por el escote de la camisa eran dos manzanas perfectas de carne muy blanca.

Lucía se excusó. Debía ir a casa a improvisar una cena para Maggie, pero Joaquín no estaba dispuesto a dejar marchar a su ella. Porque sabía que ella, Lucía, era su crème anglaise.

-Dile a tu amiga que venga. Hay cena para todos. Mi amigo Ramón también se apuntará. Pasaremos un buen rato y quizá hasta puedas contarme cómo sabes tanto de descifrar condimentos.

La velada transcurrió sosegada y sugerente. Norah cantaba con su voz de terciopelo y la aguja del reloj se descontó y olvidó las vueltas que había dado. Primero se retiró Maggie, luego Ramón, y la mesa, con los platos aún por recoger, fue la única testigo del lento y sutil flambeado entre Lucía y Joaquín. Aquella noche, hicieron el amor impregnándose el uno del otro.

Al día siguiente, no fueron a trabajar. No hubo ni contable, ni recepcionista. No porque éste sea un cuento de esos en los que fueron felices y comieron perdices, sino porque amaneció sábado. Un sábado radiante que pasaron entre confidencias y uvas con queso.

Al final, habían encontrado su amor. Un amor de cuchara, que ni pincha, ni corta, ni deja rendijas por donde se escurra la pasión.

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Aunque tenéis los links en las imágenes, contaros que estas ilustraciones preciosas que acompañan hoy al post son de Anek, Clare Owen, Marc Rosenthal, Bridget Farmer y de una recopilación de ilustraciones vintage de libros de cocina. ¡Bon appétite! Qué comáis y cocinéis muy rico para todos aquellos que os hacen felices:)

6 comentarios to “Echándole cuento: Amor de cuchara”

  1. La Vie En Rose marzo 1, 2012 a 10:53 pm #

    Me ha enganchado de principio a fin y me han entrado unas ganas locas de ponerme a cocinar un amor de cuchara!!😉

    • la niña del moño marzo 2, 2012 a 10:23 am #

      Jiji qué ilusión que te haya gustado! Seguro que con tus muffins de choco conquistas a quien quieras:) Te añado a mi blogroll ya!

      • La Vie En Rose marzo 4, 2012 a 11:17 am #

        La cocina nos ha unido jjaja!ya estás en mi lista de blogs, te seguiré muy de cerca niña del moño!buen fin de semana y que tengas un amor de cuchara byeeeeee

  2. Marta marzo 5, 2012 a 4:16 pm #

    qué precioso!!

  3. Verónica abril 15, 2012 a 7:31 pm #

    Me ha encantado el cuento por su naturalidad y la sencillez de lo que narras… precioso, de verdad!🙂

    • la niña del moño abril 16, 2012 a 10:44 am #

      Gracias Verónica, tú también haces unas cosas preciosas:) Yo hace un par de semanas acabé un curso de cerámica japonesa, pero tú eres una auténtica artista! Te leo, un besote!

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